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Lunes, 09 Diciembre 2013 12:01

Soberanía(s) energéticas, alimentarias y tecnológicas, un contexto.

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Por: Emilio Tarazona

En los últimos años se ha producido una transformación del neoliberalismo, acentuada desde los inicios de la (así denominada) crisis financiera. Al interior de un orden plenamente consolidado, donde son cada vez más las entidades bancarias y corporaciones multinacionales, y cada vez menos los Estados, las que rigen el rumbo de los seres humanos que habitan los países del planeta, el modelo desterritorializado de desregulación que impuso el capitalismo tardío así como la desenfrenada especulación bursátil de los mercados de futuros (y los productos derivados), empiezan a ceder una considerable cuota de su protagonismo a otras áreas de inversión en activos fijos que se supone no sujetos a depreciación y, por lo mismo, considerados más estables (o sin riesgo) como lo advierte el interés creciente en la adquisición de tierras cultivables y los mercados de alimentos. Se trata, al parecer, de un desplazamiento sin tregua desde el capitalismo tardío al capitalismo terminal: el neoliberalismo parece, a nuestro pesar, haber asimilado una de las más importantes lecciones inscrita en los movimientos anti-neoliberales desde mediados de los noventa, que destacaban la importancia del territorio como base para resistir a una estrategia que pretende el control de los recursos y de la población.

(…) No obstante, tanto el paro agrario desatado en Colombia hace poco, como prueba de rechazo de la población a este modelo, que hace énfasis en la necesidad de lograr una autonomía y soberanía alimentaria en contra de la imposición del uso exclusivo de las semillas certificadas (incluyendo las modificadas genéticamente) que favorecen a corporaciones como Monsanto o Syngenta; así como, de otra parte, la decisión también reciente de los países miembros de Unasur, de construir un mega-anillo de fibra óptica para interrumpir la dependencia que ejerce Estados Unidos al proporcionarnos la infraestructura física de internet (y canalizar e interceptar así gran parte del tráfico de entrada y salida de las comunicaciones en América Latina), hacen énfasis en dos acciones específicas dentro de la múltiple necesidad de consolidar autonomías de diverso cuño ante las nuevas formas de dominación, ya se trate de luchas en contra de la ciudadanía entera o bien de dominaciones geopolíticas entre naciones.

En esta vinculación no hay nada gratuito: los sectores fuertes de la economía que parecen destinados a regir el nuevo orden mundial se concentran en torno a la biotecnología o la cibernética, a la comercialización de interfaces y dispositivos o a las mutaciones de material biológico producidas de maneras reguladas y rentables; criminalizando, proscribiendo o desmantelando cualquier punto de fuga capaz de eludir las rutas unilateralmente propuestas por estos intereses. Por ello se hace cada vez más urgente consolidar enlaces o articular conexiones entre las tácticas de lucha en favor de la soberanía energética, alimentaria y tecnológica.

Si la Fundación Bill y Melinda Gates adquiere cientos de miles de acciones de Monsanto o invierte en empresas líderes del agro-negocio como Cargill, haciendo escandalosamente visible alianzas sólidas (como el uso de la supuestamente filantrópica Fundación de Microsoft para canalizar planes que les favorecen económicamente y fortalecen su agenda en ruta); casi al tiempo en que Monsanto adquiere, siguiendo una de las noticias más viralizadas en la red, los servicios de inteligencia del ejército de mercenarios Blackwater (causante de varias masacres de civiles en Irak y que ha, en los últimos años, mudado su desprestigiado nombre a Academi), requerido por Monsanto en el área de Total Intelligence Solutions, empresa del mismo dueño de Blackwater, usada para labores de espionaje e infiltración en asociaciones o grupos de activistas que puedan afectar o contravenir los intereses y operaciones de Monsanto alrededor del mundo. Es posible proyectar la secuencia Microsoft, Monsanto, (Blackwater), sin hacer uso de excesiva imaginación; y hay una trama solidaria en este proyecto. En cierto modo, Monsanto hace con las semillas lo que Microsoft hace con los programas o los sistemas operativos: hacerlas circular en licencias fuera de las cuales queda solo criminalizar el uso de todo aquello que no haya sido suministrado directamente por estas corporaciones, ya que, allí donde una de ellas es una empresa decisiva en la comercialización de servicios de computadores, la otra es su contraparte en el comercio de semillas (transgénicas o no). Lo que aquí parece una realidad lejana o aun ardua de alcanzar es aquella en la que los seres humanos puedan contar con energía, hardware-software o semillas libres, presentando en su lugar una sociedad esclavizada, asediada por la autoridad de los Estados cómplices y la fuerza de las armas (policía o ejército); sin seguridad, autonomía ni auto-sostenibilidad. Una distopía que la ficción cinematográfica hasta ahora no había logrado describir con tanta precisión.

La idea de “derecho de autoría” o de patente es la punta de lanza para una nueva dependencia, aun cuando desde todo punto de vista podría ser considerada culturalmente un paradigma en crisis. No obstante, desde hace poco, en España, la UNEF (Unión Española Fotovoltáica, que representa a empresas que tienen el 85% de esta industria) impulsa medidas para penalizar el uso de energía eléctrica con recursos renovables (por ejemplo, paneles solares): es decir, pretende gravar el autoconsumo y prohibir verter la energía excedente en la red del circuito eléctrico (lo que se difundió como un intento de privatizar la energía solar en ese país). Y podemos seguir sumando: un ciudadano norteamericano de Oregón (de nombre Gary Harrington) habría sido sentenciado a un mes de cárcel y una multa de más de 1500 US$ por almacenar y utilizar agua de lluvia. Represiones como estas podrían ser cada vez más frecuentes, ya que se alinean a la idea lanzada desde hace años por Peter Brabeck-Letmathe, director ejecutivo del Grupo Nestlé (una de las corporaciones líderes en la venta de agua embotellada), quien desde hace algún tiempo declara que el agua “no es un derecho humano” sino un “recurso” (y se infiere de su sesgo: como tal, debería ser solamente administrado y suministrado por una empresa). El paradigma corporativo en cuestión no solo pone en riesgo la sostenibilidad, y con ello el futuro de la vida sobre el planeta, sino que sus móviles no son la desconfianza hacia los individuos y sus formas de emancipación como su indiscriminado afán de lucrar con todo lo existente.

(…) El suicidio a inicios de este año del joven hacker Aaron Swartz, activista por la libertad de expresión y el libre acceso a información en Internet, puede ser perfectamente análogo al suicidio individual o colectivo de varios campesinos que se han venido sucediendo en los últimos años alrededor del globo. Las conscripciones a las que nos vemos inmediatamente sometidos deben detenerse para permitir el uso y circulación de las semillas así como la libertad irrestricta de Internet, entendidos como derechos humanos a conquistar en corto plazo. Los paradigmas de este sistema insostenible y dependiente pueden ser tangibles en la lógica que ha imperado por decenios en las formas de cultivo industrial existentes en casi todos los países del, así llamado, primer mundo: allí ya no se nutre la tierra y esta está prácticamente muerta; solo se pueden nutrir las plantas, que crecen únicamente gracias a los fertilizantes y los pesticidas que se les suministran. Algo que, Claude Bourguignon, ingeniero agrónomo que investiga la microbiología de las tierras, alude cuando afirma que la humanidad viene actualmente alimentándose de plantas que no quieren vivir (y que forzamos a hacerlo). Es necesario producir un compostaje para darle nuevamente vida a estos territorios, al borde del desastre, en los que todavía habitamos; de lo contrario, las sociedades del planeta solo existiremos a fuerza, inoculados o dominados por nuestra conexión con aquellos negocios sin riesgo que serán nuestros únicos proveedores de alimentos, de dispositivos, de cultura.

De modo análogo a como aquellas formas posibles y existentes para la dispersión de los propágulos (necesaria para la reproducción y propagación vegetal), las semillas se desplazan buscando territorio de diversos modos: ya movidas por el viento o flotando sobre el agua, por medio de algunos animales a los cuales se adhieren o por medio de aquellos que se alimentan de los frutos que las cubren, y les proporcionan nutrientes, expulsándolas luego en otro lugar; o incluso, por una suerte de mecanismo explosivo de diverso alcance (barocoria); de modo similar, en las formas posibles de activismo existentes, las ideas y las prácticas, en su actual etapa expansiva, pueden ser transmitidas de múltiples e imprevisibles maneras, no obstante nos pueda parecer siempre útil descubrir e inventar aun más.

 

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Emilio Tarazona

Emilio Tarazona Curador Críitco de Arte entre Lima y Bogotá

Activista Tecnopolítico de la Fundación Casa del Bosque

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